
Levánteme el vestido de domingo, que debajo tengo piel hambrienta de mil días
Oblígueme a rodillas y confieso mis pecados sin bajarme aún de mis tacones.
Reconozca mis pecados, y mi lengua, y mi cara interna de mis muslos, me encomiendo a Dios y a usted sin necesidad de mandamientos.
Perdóneme despacio, repasando el catecismo de mi boca, haciendo de los siete capitales un hábito en el que esconder vicios.
Cláveme su penitencia lentamente, justo cuando crea que estoy dispuesta a renegar de Dios.
Y recemos, padre. Recemos juntos confesando nuestra fe a los cuatro vientos.